Es un mundo verdaderamente ambiguo el de allá fuera. Una vida atestada de rutinas, criterios y estatutos engendrados con el solo fin de cohibir la crucial esencia del verídico humano es la que estamos sentenciados a llevar de forma ineludible.
¿Existe en verdad una fórmula infalible de escape contra esta taciturna y poco atractiva realidad? Sólo quienes peregrinaron ya hacia lo más recóndito del prominente sosiego celeste, prometido en veintisiete vetustos textos, tienen la ambicionada clave. Pero, ¿qué hay de quienes aún perpetuamos los terrenales preceptos de la vida en el más aquí? El secreto parece enmascararse detrás de una inocente sensiblería, un espejismo de aquello que la no muerte no es. ¿Es el neandertal contemporáneo capaz de regocijarse con dicha ficción por su propia cuenta?
Primerísimamente, aquel mundo de coquetas ninfas es producto de una procreación cardiaca. Deducimos, por ende, que corazones rebosantes de partículas ajenas a la racionalidad y toda ordenanza de la francesa ilustración están solicitados. Pero, cuidado. No olvidemos que corazones, suponen individuos. Son aquellos entes concretos quienes ejecutan la engorrosa labor de amar. La definición de un vocablo tan ignorado, tan forastero, no se conoce con exactitud. Llamémosle sencillamente una abstracción mutable, altamente apta para ser alterada con el pronunciar de agraciadas dulzuras o disiparse eternamente con el quiebre de uno de sus arteriales aparatos.
Asimismo, el testimonio de quienes fecundaron con éxito un cosmos paralelo, despierta cierta curiosidad en muchos, esperanza en otros. Esta descomunalmente extraña e inexplicable motivación que emerge como un enigmático instinto en el abismal interior de los evolucionados antropoides, genera desconcierto y contradicciones en esta era del supuesto conocimiento. No obstante, para los numerosos sabios que comprenden a la perfección lo que el insensato resto desdeña, dicho incentivo inherente en cada primate citadino constituye el inicio del universo fantásticamente real al que tanto nos referimos. Se prosigue posteriormente con la unión, y luego el deleite.
Existe, sin embargo, un último capítulo en esta historia medianamente mitológica: La supresión total de la misma. El firmamento, que en una oportunidad se encargó de unir dos paupérrimas sustancias carentes de sentido, tiene la libertad absoluta de dividirlas y difuminar toda afinidad entre ellas. Pero el susodicho lazo no puede ser creado sin la intervención mutua y recíproca de las aludidas esencias, lo cual descarta todo desacierto de nuestra humilde teoría.
En conclusión, sólo resta una última interrogante: ¿Es el fin citado anteriormente, el incuestionable destino de toda creación dual descrita como amor? Según parece, cada caso tiene un final desemejante. Nosotros esperamos aún la llegada de aquel escape, puesto que toda esta mierda de la existencia abruma. Seríamos además capaces de analizar los conceptos ocultos detrás de nuestra nueva incógnita. ¿Qué opina usted? Si el vasto fondo de estas cuatrocientos sesenta y seis palabras es de su entendimiento, sabrá responder.