Los mortales nos solazamos con una propiedad vigorizadora que nos individualiza. Como cofrades de este ciclópeo universo, estamos en la facultad de polarizar todo aquello que nos apetezca para nuestro propio beneficio, lo cual se logra con el mero acto de idealizar.
¿Qué sería del hombre sin pretensiones en las cuales obstinarse? La respuesta es incuestionable: la ya enrevesada acción de ser y estar no tendría más orientación alguna. En tal sentido, todo cuanto soñemos de forma inestimable delimitará la travesía a seguir para el logro de nuestros designios más profundos. Es ése el primer paso a seguir de todo visionario cuya meta sea la de transfigurar aquellos componentes de su pensamiento que sean pura entelequia en ganancias auténticas.
Lo que sigue busca apuntalar esa pista de fantasmagóricos anhelos citada previamente. Es razonable aseverar que al ya conocer el itinerario que debe ser seguido, uno empiece a ejecutar una serie de actividades que permitan finiquitarlo. Queda claro entonces que tras haber delimitado nuestra senda hacia el bienestar y la prosperidad, sólo resta comenzar a actuar de tal forma que nuestros objetivos puedan verse posteriormente culminados. Para esto se precisa mucho ensimismo en aquello se aspira con ansias y la exclusión total del tan funesto negativismo.
Una vez que hayamos bregado hasta arribar al término de nuestro derrotero, será el momento de experimentar una de las sensaciones más esplendorosas que puedan existir al obtener la bienquista felicidad. Así es, mientras muchos viven enfrascados en aquel raciocinio agorero que sólo conduce al infortunio, la pesadumbre y la desdicha llamado desesperanza, aquél irrisorio grupo de individuos que supo visualizar su triunfo a tal punto de materializarlo en frente de ellos admite estar inmensamente ufano. ¿Fue lo último obra del azar? No señores, fue la magia de querer.
Fue un error haber dicho que se perdía por completo la circunspección al no distinguir entre lo eventual y lo supuestamente inalcanzable. Me tomó tiempo comprenderlo, pero ya no existe duda alguna: lo que somos es producto de nuestros pensamientos. Ahora es tiempo de reanudar todo y relegar un pasado de contrariedades, desatinados lamentos y desilusiones amorosas. Genuina complacencia era lo que más ansiaba, y se siente maravilloso atestiguar que ahora la tengo… tan sólo bastaba querer que así fuera.