viernes, 18 de febrero de 2011

La tarifa del desatino

  Es sabido que la erudita madre naturaleza nos dotó de una peculiaridad incontrovertiblemente humana, la tan distinguida capacidad de errar. Así es, nos complazca o no, ser deficientes natos es la pena irrevocable que nunca dejará de afligirnos.

  Pero aún más tormentoso es el elevadísimo arbitrio decretado para cada disparate del descaminado hombre. Los remotamente añejos principios de causa y efecto son el reflejo indubitable de dicha cuestión. La advertencia fue clara desde el preámbulo de los días: "Por causa de tus pecados, padecerás." Habiendo sido amenazados de tal forma, ¿con qué motivo tropezamos tanto a diario, si somos enteramente conscientes de la hórrida suerte que nos aguarda? La insensatez aparece como una posible respuesta.

  Somos tan imprudentemente necios que cometemos las más garrafales e incomprensibles faltas sin remordimiento alguno. Lo cierto es que, a menudo, olvidamos la existencia de una mortal correspondencia entre error y castigo. Para poder interpretar aquel vínculo de manera asequible, mencionaremos un frecuente caso de las variaciones lineales, conocido como proporcionalidad directa. En otros palabras, GRANDES equivocaciones, implican GRANDES condenas.

  He sido capaz de comprobar en carne propia la autenticidad de aquella ley. Mi sentencia tuvo una duración de cuarenta y ocho horas, una extensa jornada que nunca olvidaré. Afortunadamente, descubrí lo que parece ser un efectivo medio de salvación: NO COMETER EL MISMO ERROR POR SEGUNDA VEZ. Que así sea.

  

  

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