El imbécil, un organismo absurdamente subnormal, abominable, reprobable e infame, respira con el solo fin de desmantelar y reducir a ínfimas cenizas todo rastro de ingenuo contento que aún resista en la brisa.
El imbécil es un avezado asolador, un infatigable productor de desolación. Procede de forma sigilosa, disimulando ser un inocuo personaje. Finge día tras día, tarde tras tarde, hasta que logra apreciar finalmente su primer fin ejecutado: La fatal insustituibilidad. Siendo ahora inexorablemente irreemplazable, e incluso imprescindible, tima, sabotea, atiza, lacera, arrolla, pulveriza, desintegra y minusvalora a sus víctimas con perfección y calidad implacables. Tras consumar su vil misión, adquiere control absoluto sobre sus borricos martirizados, dando así inicio a un inacabable circuito de dolor y fraudulentas visiones.
El imbécil figura en el averno como una estupenda materialización de espanto, aversión, impotencia y arrebato. Aquel mortal cúmulo de sensaciones es tan sólo el principio del horriblemente punzante suplicio impartido por esta alimaña. Los perjudicados pasan temporadas completas padeciendo de manera inconsolable con la presencia de la perniciosa sabandija, la cual poco a poco muestra su genuina identidad: el maldito papanatas, quien parecía ser sencillamente otro bobo devoto de la mitomanía, es además un completo adicto a la impudicia, la obscenidad, la vehemencia, la irresponsabilidad y, como si no fuera suficiente, un dipsómano de mierda.
El imbécil, cuya máscara desapareció ya totalmente, se torna cada vez más intolerable. La tensión aumenta a escalas interestelares y la supervivencia deviene esencial. Habiendo llegado a este trágico punto en la demacrada línea de sus existencias, los atormentados damnificados, repletos de determinación y colosales deseos de perduración y felicidad, toman la decisión más valiosa de todas: Desterrar de una vez por todas al esperpento que tanto sufrimiento les provocó. Sería grandioso referirse a dicho hecho como el boyante término de esta congojosa historia. Lamentablemente, no tuvo, no tiene y nunca tendrá un final feliz.
El imbécil puede haberse marchado, pero la inalterable llaga que éste dejó, cuya sanguinolenta superficie no cicatrizará jamás, será inmensamente agobiante para sus portadores por toda la eternidad. La silueta del imbécil desaparece, pero el calvario continúa. Las dóciles voces de infantes cuchicheando “por favor,¡no más!” serán siempre oídas. ¿Cuál es el verdadero resultado de estaporquería? Un corazón moribundo rodeado de talludas paredes, quintillones de aparentadas sonrisas cada día, angustiosas e inolvidables memorias, desconfianza plena, miedo imperecedero y una incontestable y perpetua interrogante: ¿Por qué? Todos aspectos irrebatibles de la miseria en que esta y otras almas sucumben.
El imbécil todo tomó y utilizó, y no entiende el daño que ocasionó. Ya nada queda, nada sobrevive. Es una pesadilla soñada cada crepúsculo. Es la obvia imagen de lo que no fue y no será. Es la hedionda criatura que ha de ser vista por obra de la progenitura. Es aquello que aborrezco con todas y cada una de las rebañaduras de mi deteriorada psique. El imbécil es, realmente, un imbécil.
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