sábado, 2 de abril de 2011

El gorila y la luciérnaga

Habitaba extrañamente entre los aceitunados árboles del denso boscaje peruano, un espigado y oscuro gorila. El aclarar del día advertía el inicio de su solitaria rutina diaria. Por lo general se ocupaba de buscar algún bocado entre los matorrales y saciarse hasta más no poder para luego tomar una larga y relajante siesta. Procuraba desadormecerse horas antes del anochecer, de tal forma que pudiera edificar con anticipación su refugio de leña, en el cual se ocultaba atemorizado cada crepúsculo. Aquella inusitada conducta, se debía a que el pobre simio nunca fue capaz de divisar objeto alguno en la lóbrega oscuridad, lo cual generó en él desde muy pequeño un tremendo pánico  hacia aquello que tanto desconocía.  La noche expiraba al fin,  y el gigantesco antropoide dejaba emocionado su guarida para empezar todo nuevamente.

Hace aproximadamente unos cuatro años, algo muy inesperado sucedió. Una lluvia torrencial azotó la selva a altas horas de la madrugada, y el agreste asilo del primate se derrumbo estrepitosamente. Sus hercúleos músculos lo salvaron de morir sepultado bajo los pesados maderos, pero estaba ahora desprotegido. El animal perdió por completo la cordura y comenzó a correr disparatadamente. Tras horas y horas de  incansable trote, no pudo continuar y cayó vencido por la fatiga. Experimentaba el momento más espantoso de su corta vida ahí tumbado, convertido en un océano de lágrimas, cuando de repente una verdosa luminiscencia apareció. Todo el lugar se iluminó y pudo observar con mucha curiosidad una pequeña luciérnaga. Ésta se acercó a él muy consternada y le mostró los alrededores del lugar a plena oscuridad de la nocturna jornada, bajo el encanto de su propia luz. Fue así cómo el gorila comprendió que su miedo fue siempre infundado, y al finalizar la lluvia, pudo compartir aquella bella mañana con su nueva compañera. Ambos han sido inseparables desde aquel día.

Es en el momento más fortuito que los aliados verdaderos hacen su entrada maestra. Pasamos primaveras ocultos bajo los incontables bloques de la falsa y poco valiosa camaradería, formando así una oscura atmósfera que a diario nos acobarda. Es la llegada de estos sujetos la que nos permite empezar a vivir realmente, todo gracias a aquél maravilloso obsequio que tan sólo ellos pueden otorgar, un brillante destello denominado amistad. Miles pretenderán entregarnos algo similar, pero una sola copia legítima e inquebrantable es todo lo que hay. El gorila y la luciérnaga disfrutan actualmente de ella, y sin importar que pase, será eternamente suya… eternamente. 

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