viernes, 30 de marzo de 2012

Mi país

Mi país, mi morada. Circunscripción asentada en la parte occidental e intertropical de los estados terciarios.  Menos del uno por ciento de la superficie de nuestro medio mundo; hogar de más del setenta por ciento de los recursos de los que éste precisa. Territorio armado con la posibilidad de un porvenir sugestivo cuya lista de resquicios parece engrosarse día a día. Reino jovial y juerguista que ríe ajeno a las borrascas que contornean las kilométricas distancias que demarcan sus fronteras. Un suelo inconstante y abracadabrante compuesto por muchas facetas que hacen de él un lugar único en su tipo.

Mi país, empíreo terrestre atiborrado de la más imponente belleza bucólica. Este paraíso de pimpollos es el destino predilecto de trotamundos y capitalistas deseosos de usufructuar a diestra y siniestra su colosal fortuna. Es el inmejorablemente perfecto escenario para bellas fotografías donde priman las apetencias de accionistas comprometidos con los principios de la presente era de la cicatería. Es una zona verde en opulencia pero desprovista de afanes nacionales por acrecentarla. Es un punto que muchos de afuera mueren por visitar pero que pocos de adentro han llegado a explorar.

Mi país, sistema pletórico de calles, autovías y redes de comunicación que conectan a todos y cada uno de sus habitantes. Por un lado, estamos los que hacemos uso de ellas para transmitir mensajes y trasladarnos de un sector a otro con la esperanza de llegar a los fines de nuestros diferentes rumbos sanos, salvos y completos. Por el otro, está aquél cúmulo de endriagos oportunistas que, a diario, las usan procurando hacer suyas nuestras pertenencias, sobornarnos y pasar sobre todo y sobre todos a bordo de alimañas automotrices. Está claro que las rúas parecen pertenecerles a ellos: los más veloces, los más forzudos, los semi-caníbales que perpetúan el engorro del que todo el mundo se lamenta, pero que todos parecen haber interiorizado como algo propio.

Mi país, autocracia vaporosa gobernada por caricatos pedantes y pederastas encubiertos. Ellos dictaminan sentencias, el resto acata atemorizado. Ceden ante las falsas promesas de estos apolíneos actores en busca de poder y su equivalente en monedas y billetes. Asisten además, casi en su totalidad, a falsos templos cada sétimo alba con la esperanza de obtener un lugar al lado del más grande genocida jamás imaginado, protagonista de un libro de esotería contradictorio, promotor de la segregación y apresador, y rechazan todo aquello que contradiga sus convicciones mitológicas. Son todos víctimas de una élite de mentecatos cuya más grande preocupación es mantenerlos en la ignorancia y la uniformidad en pro de sus planes abyectos.

Mi país, rincón de la fama de las estrellas más salvajes. Pantallas en cada esquina muestran lo último en materia de farándula embrutecedora. Aquí, ser desproporcionadamente imbécil es el método ideal para obtener renombre y los más altos puntajes de rating provenientes de un público dispuesto a hundirse en la misma mierda en que los cerebros de tanto bufón de la televisión se ahogan. Es así que el intelecto y las ilusiones de perfeccionamiento de lo que antes parecía ser un estado constituido por personas con un cierto grado de perspicacia, y no amebas, se extinguen bajo los culos de los creadores de esta basura pasmosa. No sé cual será, en un futuro, el resultado de esta aborrecible revolución de idiotez. Fantasear sobre ello me espeluzna más que cualquier otra cosa.

Mi país, feudo meridional donde convergen seres atípicos con más de quinientos años de híper pre historia social. Una comarca donde ser hombre importa más que ser humano. Donde penetrar es la voz y ser penetrada una deshonra atroz. Donde mientras más alto uno nazca, mayor es el menosprecio que le sobreviene. Donde mientras más color uno traiga encima, mayores son los prejuicios contra los que habrá de combatir. Donde procrear es un deber y no una opción. Donde la cantidad de oro que uno posea determina a quienes uno puede dominar.  Donde un genital de sobra o uno ausente determinan a quien uno puede amar. Donde la viveza ya no es vileza, sino riqueza. Averno de contradicciones y ridiculeces, todas características irrefutables de mi país: tierra de muchos, propiedad de pocos. Un país donde ya no es posible ser, sino sólo seguir y obedecer

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