Después
de un prolongado proceso desarrollado a lo largo de décadas de esfuerzo,
adquiere mayor envergadura el movimiento feminista islámico. El término feminismo musulmán aparece a inicios de
los años 90 para describir una corriente reformista propuesta por un grupo de
mujeres iraníes que promovían relaciones de género igualitarias dentro del
mundo musulmán. La respuesta de la comunidad laica iraní, así como de la
occidental, frente al surgimiento de estas ideas progresistas resultó siendo
mayoritariamente opositora. Son muchos los laicos y feministas occidentales que
consideran que feminismo e islam se refieren
a dos fenómenos altamente incompatibles. No obstante, hay quienes creen en la existencia de una estrecha relación entre
la ideología feminista y los erróneamente interpretados preceptos del Islam, la
cual además conlleva el reconocimiento y respeto por los derechos de las mujeres
musulmanas. Estas últimas han logrado grandes avances en la búsqueda de su
emancipación pese a ser presuntamente “víctimas de la violencia masculina y del
código islámico” sin posibilidad de prosperar, como aseguran muchos
en occidente. En tal sentido, surge la siguiente interrogante: ¿Son los beneficios
del feminismo musulmán una realidad? De ser así, ¿puede este progresar
armoniosamente junto al occidental?
“«Soy
la sierva del Señor.» Por primera vez en la Historia de la Humanidad, la madre
se arrodilla delante de su hijo; reconoce libremente su inferioridad. He ahí la
suprema victoria masculina, que se consuma en el culto de María: es este la
rehabilitación de la mujer mediante la realización de su derrota.”, afirma
Simone de Beauvoir (1949). La idea de los sesgos de género en las
representaciones religiosas es aludida por una de las más grandes feministas de
la historia, quien no fue la única en postular dicho razonamiento. Los partidarios del movimiento feminista occidental
han declarado durante años estar frente a un dogma religioso que aclama el
dominio del varón en todos los ámbitos de la vida humana: “el hombre no
fue creado para la mujer, pero la mujer sí para el hombre” (I. Cor. 11,7–10).
La historiadora Mathilde Dubesset muestra en Existe-t-il un féminisme musulman? (2007) cómo feminismo y cristianismo no han sido una buena combinación, dado que este último (por iniciativa de la Iglesia) ha sido uno de los
factores de la inequidad entre hombres y mujeres. Es evidente entonces que gran
parte del mundo occidental, históricamente envuelto en el cristianismo, niega que exista alguna forma de correspondencia entre religión y feminismo, por lo que se origina un claro desdén hacia la corriente feminista islámica, la cual plantea
algo distinto.
Jean Daniel escribe en Islam y Occidente (2005): “Nada hay en nuestro comportamiento que no sea religioso.” Él procede luego a describir detalladamente cómo el Islam sigue en constante expansión y se consolida como “una religión que actúa como ideología” y que dispone guías que el hombre debe aplicar en todos los aspectos de su vida. Ciertamente, la religión representa una dimensión primordial en la vida de todo musulmán al estar adscrita a todo lo que constituye su universo. Esto explica el hecho de que las feministas musulmanas de hoy en día hayan optado por elaborar una nueva corriente ideológica que busca la liberación de las mujeres involucrando los estatutos del Islam, un dogma que, paradójicamente, es a menudo considerado como salvajemente sexista. Dicha percepción negativa de la doctrina de Mahoma es lo que incita aún más el fomento del rechazo al feminismo islámico, y frente a tal escenario, Jean Vogel cita en Du féminisme islamique (2011): “El Islam, en su juntura original, es muy patriarcal. Hay aspectos de esa juntura coránica que corroboran el patriarcado contemporáneo, pero no creo que ese patriarcado sea parte de la universalidad del Islam.” Él parece querer arriesgarse a afirmar que sexismo e Islam no están verdaderamente interrelacionados, algo propio de los voceros del movimiento en cuestión.
Jean Daniel escribe en Islam y Occidente (2005): “Nada hay en nuestro comportamiento que no sea religioso.” Él procede luego a describir detalladamente cómo el Islam sigue en constante expansión y se consolida como “una religión que actúa como ideología” y que dispone guías que el hombre debe aplicar en todos los aspectos de su vida. Ciertamente, la religión representa una dimensión primordial en la vida de todo musulmán al estar adscrita a todo lo que constituye su universo. Esto explica el hecho de que las feministas musulmanas de hoy en día hayan optado por elaborar una nueva corriente ideológica que busca la liberación de las mujeres involucrando los estatutos del Islam, un dogma que, paradójicamente, es a menudo considerado como salvajemente sexista. Dicha percepción negativa de la doctrina de Mahoma es lo que incita aún más el fomento del rechazo al feminismo islámico, y frente a tal escenario, Jean Vogel cita en Du féminisme islamique (2011): “El Islam, en su juntura original, es muy patriarcal. Hay aspectos de esa juntura coránica que corroboran el patriarcado contemporáneo, pero no creo que ese patriarcado sea parte de la universalidad del Islam.” Él parece querer arriesgarse a afirmar que sexismo e Islam no están verdaderamente interrelacionados, algo propio de los voceros del movimiento en cuestión.
Dos
mujeres son frecuentemente citadas como responsables intelectuales del origen
del feminismo islámico. La primera es Amina Wadud, una universitaria
afro-americana que se convirtió al Islam en 1972 y que, después de dedicarse
apasionadamente a su estudio, publicó en 1992 Le Coran et la femme: Relire le texte sacré dans une perspective
féminine. En él, ella deduce que el patriarcado y cualquier otra afirmación
de una superioridad masculina son anti-islámicos: Dios es el único ser superior
al hombre, y proclamar a ciertos seres humanos como superiores a otros
significa asociarlos a este, lo cual es una herejía. Diez años más tarde, Asma
Barlas, una ciudadana americana de origen paquistaní, publica Femmes croyantes dans l'Islam: Déconstruire
les interprétations patriarcales du Coran. Continuando en la misma
dirección de Amina Wadud, ella se propone principalmente responder la siguiente
pregunta: ¿es el Corán realmente un texto machista? Barlas constata que muchas de las
normas y prácticas sexistas existentes en la sociedad árabe antes de la llegada
de Mahoma sobrevivieron y subraya que en la época de la gran codificación
jurídica del Islam (siglos IX y X), la influencia de dichas prácticas
prevaleció. Ella concluye así que la familia patriarcal tradicional no era realmente
islámica y sienta junto a Wadud las bases de una reformulación
de la interpretación de los textos del Corán, los cuales, al parecer, poseen
“la noción central del feminismo musulmán: la igualdad absoluta (almusawa) entre todos los seres humanos
(insan) como principio religioso”
(Vogel, 2011). Todo esto ocurre simultáneamente con el surgimiento de ideas progresistas propuestas
por los nuevos intelectuales Islámicos (entre ellos, evidentemente, las feministas
musulmanas). Rosalva Aída Hernández Castillo y Liliana Suárez Navaz se refieren
a este grupo de personas en Descolonizando
el Feminismo: Teorías y Prácticas desde los Márgenes (2008) como individuos “deseosos de distanciarse de los
tradicionalistas conservadores e islamistas que cada vez son más abiertos y
receptivos hacia relaciones de género igualitarias y las ideas feministas que
las promueven.” Es posible inferir de este modo que existe realmente una fuerte
iniciativa de transformación de la estructura tradicional de la sociedad
musulmana que resulta cada vez más atractiva en aquellos países que tienen el Islam como religión mayoritaria y que rompe
con un mito muy arraigado en occidente: la idea de que dicho dogma condena a sus
adeptos a coexistir al interior de un entorno atestado de ideas reaccionarias
que impiden la consolidación de un mundo basado en la igualdad y el respeto a
la vida. La ruptura de dicha realidad hipotética se refleja en hechos concretos del mundo islámico actual.
En
las últimas décadas, muchas sociedades musulmanas han experimentado un aumento
sin precedentes en la tasa de alfabetización de las mujeres. “En Irán, en 1976,
tan sólo el 35,6 por ciento de mujeres sabían leer y escribir. En 1999, la tasa
de alfabetización alcanzó el 80 por ciento (para las mujeres en el ámbito rural
la tasa ha pasado del 17,4 al 62,4 por ciento)” afirman Hernández y Suárez
(2008). Ellas también mencionan que la brecha tradicional entre hombres y mujeres
en lo que concierne a la educación se está reduciendo, y en algunas sociedades,
entre las que figura Irán, la tasa de matriculación de las mujeres en
instituciones de educación superior iguala e incluso supera la de los hombres. Asimismo, el último Congreso Internacional de Feminismo Islámico tuvo lugar en Madrid en
octubre del 2010. Según el sitio web feminismeislamic.org, dicha junta concluyó
que “el feminismo islámico es una realidad emergente que deriva de la
revelación coránica y que puede liberar a la mujer y cambiar su estatus
actual.” Algo que se logró en aras de concretar dicho ideal fue la
legalización del voto para las mujeres en Arabia Saudí en setiembre del año
pasado. Ángeles Espinoza dice en su artículo del diario El País, Las mujeres de Arabia Saudí podrán votar (2011): “El rey Abdalá de
Arabia Saudí ha anunciado hoy que las mujeres del reino van a poder formar
parte del Consejo Consultivo (Shura)
y votar y ser elegidas en las elecciones municipales.” Esto se logró gracias a
la labor de las feministas y los activistas de derechos humanos saudíes,
quienes llevaban años pidiendo mayores derechos para las mujeres. Otro triunfo
del feminismo musulmán lo protagonizó la yemení Tawakkul Karman, una de las
tres ganadoras del Premio Nobel de la Paz en el mismo año. El diario La Nación
publicó un artículo titulado Tawakkul
Karman, figura emblemática de la revolución yemení (2011), en el cual
resalta su rol como una periodista que “milita desde hace años por la libertad
de expresión y los derechos de las mujeres.” Ella fundó en 2005 el movimiento Mujeres Periodistas Sin Cadenas y
participó de la movilización opositora contra el régimen de su país, una de las
revoluciones de la primavera árabe.
Todo parece señalar que las mujeres musulmanas estarían pasando por su mejor
momento. Sin embargo, tienen aún muchos desafíos que afrontar. El aumento de
las tasas de alfabetización no ha llevado a un nivel equitativo de empleo entre
las mujeres en los sectores formales de la economía (14,3 por ciento en 1999).
Además, los cambios en la estructura patriarcal del sistema legal y de las
instituciones políticas, religiosas y económicas en las sociedades del Oriente
Próximo en general, sobre todo en lo que respecta a la ley y estructura de la
familia, los estereotipos de género y las costumbres sexuales, “andan muy por
detrás de los cambios modernizadores en el ámbito de la socialización y la
conciencia política de las nuevas mujeres intelectuales. Además de esta
contradicción en las dinámicas del género, y en parte debido a ella, las
mujeres se han enfrentado a una oleada de islamismo y conservatismo que muchas
veces conlleva un programa de género reaccionario.” (Hernández, Suárez, 2008)
En definitiva, la mujer musulmana tiene aún la gran necesidad de seguir luchando para el reconocimiento pleno de sus derechos y libertades fundamentales. Esta lucha no la pueden librar solas. Feminismo no es machismo a la inversa: es la priorización de los principios de equidad y libertad entre géneros para la construcción de una mejor humanidad. Ese es su fin principal, independientemente de que este provenga de occidente u oriente. Las sociedades de dichos bloques tienen aún un largo camino por recorrer para que la equidad sea verdaderamente una realidad. La confrontación entre ambos no representa, en lo absoluto, un aporte provechoso al proceso emancipador contemporáneo de la mujer. Un trabajo cooperativo entre ambas corrientes, basado en el reconocimiento mutuo de su trascendencia, es lo que debe primar a fin de suprimir la brecha social de género en todo el globo. La justicia y la igualdad existirán de modo cabal siempre y cuando marchen juntas hacia el futuro.
En definitiva, la mujer musulmana tiene aún la gran necesidad de seguir luchando para el reconocimiento pleno de sus derechos y libertades fundamentales. Esta lucha no la pueden librar solas. Feminismo no es machismo a la inversa: es la priorización de los principios de equidad y libertad entre géneros para la construcción de una mejor humanidad. Ese es su fin principal, independientemente de que este provenga de occidente u oriente. Las sociedades de dichos bloques tienen aún un largo camino por recorrer para que la equidad sea verdaderamente una realidad. La confrontación entre ambos no representa, en lo absoluto, un aporte provechoso al proceso emancipador contemporáneo de la mujer. Un trabajo cooperativo entre ambas corrientes, basado en el reconocimiento mutuo de su trascendencia, es lo que debe primar a fin de suprimir la brecha social de género en todo el globo. La justicia y la igualdad existirán de modo cabal siempre y cuando marchen juntas hacia el futuro.
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