domingo, 26 de mayo de 2013

Feminismo musulmán y feminismo occidental: ¿hay posibilidad de un consenso?


   Después de un prolongado proceso desarrollado a lo largo de décadas de esfuerzo, adquiere mayor envergadura el movimiento feminista islámico. El término feminismo musulmán aparece a inicios de los años 90 para describir una corriente reformista propuesta por un grupo de mujeres iraníes que promovían relaciones de género igualitarias dentro del mundo musulmán. La respuesta de la comunidad laica iraní, así como de la occidental, frente al surgimiento de estas ideas progresistas resultó siendo mayoritariamente opositora. Son muchos los laicos y feministas occidentales que consideran que feminismo e islam se refieren a dos fenómenos altamente incompatibles. No obstante,  hay quienes creen en la existencia de una estrecha relación entre la ideología feminista y los erróneamente interpretados preceptos del Islam, la cual además conlleva el reconocimiento y respeto por los derechos de las mujeres musulmanas. Estas últimas han logrado grandes avances en la búsqueda de su emancipación pese a ser presuntamente “víctimas de la violencia masculina y del código islámico” sin posibilidad de prosperar, como aseguran muchos en occidente. En tal sentido, surge la siguiente interrogante: ¿Son los beneficios del feminismo musulmán una realidad? De ser así, ¿puede este progresar armoniosamente junto al occidental? 

   “«Soy la sierva del Señor.» Por primera vez en la Historia de la Humanidad, la madre se arrodilla delante de su hijo; reconoce libremente su inferioridad. He ahí la suprema victoria masculina, que se consuma en el culto de María: es este la rehabilitación de la mujer mediante la realización de su derrota.”, afirma Simone de Beauvoir (1949). La idea de los sesgos de género en las representaciones religiosas es aludida por una de las más grandes feministas de la historia, quien no fue la única en postular dicho razonamiento. Los partidarios del movimiento feminista occidental han declarado durante años estar frente a un dogma religioso que aclama el dominio del varón en todos los ámbitos de la vida humana: “el hombre no fue creado para la mujer, pero la mujer sí para el hombre” (I. Cor. 11,7–10). La historiadora Mathilde Dubesset muestra en Existe-t-il un féminisme musulman? (2007) cómo feminismo y cristianismo no han sido una buena combinación, dado que este último (por iniciativa de la Iglesia) ha sido uno de los factores de la inequidad entre hombres y mujeres. Es evidente entonces que gran parte del mundo occidental, históricamente envuelto en el cristianismo, niega que exista alguna forma de correspondencia entre religión y feminismo, por lo que se origina un claro desdén hacia la corriente feminista islámica, la cual plantea algo distinto. 

   Jean Daniel escribe en Islam y Occidente (2005): “Nada hay en nuestro comportamiento que no sea religioso.” Él procede luego a describir detalladamente cómo el Islam sigue en constante expansión y se consolida como “una religión que actúa como ideología y que dispone guías que el hombre debe aplicar en todos los aspectos de su vida. Ciertamente, la religión representa una dimensión primordial en la vida de todo musulmán al estar adscrita a todo lo que constituye su universo. Esto explica el hecho de que las feministas musulmanas de hoy en día hayan optado por elaborar una nueva corriente ideológica que busca la liberación de las mujeres involucrando los estatutos del Islam, un dogma que, paradójicamente, es a menudo considerado como salvajemente sexista. Dicha percepción negativa de la doctrina de Mahoma es lo que incita aún más el fomento del rechazo al feminismo islámico, y frente a tal escenario, Jean Vogel cita en Du féminisme islamique (2011): “El Islam, en su juntura original, es muy patriarcal. Hay aspectos de esa juntura coránica que corroboran el patriarcado contemporáneo, pero no creo que ese patriarcado sea parte de la universalidad del Islam.” Él parece querer arriesgarse a afirmar que sexismo e Islam no están verdaderamente interrelacionados, algo propio de los voceros del movimiento en cuestión.

   Dos mujeres son frecuentemente citadas como responsables intelectuales del origen del feminismo islámico. La primera es Amina Wadud, una universitaria afro-americana que se convirtió al Islam en 1972 y que, después de dedicarse apasionadamente a su estudio, publicó en 1992 Le Coran et la femme: Relire le texte sacré dans une perspective féminine. En él, ella deduce que el patriarcado y cualquier otra afirmación de una superioridad masculina son anti-islámicos: Dios es el único ser superior al hombre, y proclamar a ciertos seres humanos como superiores a otros significa asociarlos a este, lo cual es una herejía. Diez años más tarde, Asma Barlas, una ciudadana americana de origen paquistaní, publica Femmes croyantes dans l'Islam: Déconstruire les interprétations patriarcales du Coran. Continuando en la misma dirección de Amina Wadud, ella se propone principalmente responder la siguiente pregunta: ¿es el Corán realmente un texto machista? Barlas constata que muchas de las normas y prácticas sexistas existentes en la sociedad árabe antes de la llegada de Mahoma sobrevivieron y subraya que en la época de la gran codificación jurídica del Islam (siglos IX y X), la influencia de dichas prácticas prevaleció. Ella concluye así que la familia patriarcal tradicional no era realmente islámica  y sienta junto a Wadud las bases de una reformulación de la interpretación de los textos del Corán, los cuales, al parecer, poseen “la noción central del feminismo musulmán: la igualdad absoluta (almusawa) entre todos los seres humanos (insan) como principio religioso” (Vogel, 2011). Todo esto ocurre simultáneamente con el surgimiento de ideas progresistas propuestas por los nuevos intelectuales Islámicos (entre ellos, evidentemente, las feministas musulmanas). Rosalva Aída Hernández Castillo y Liliana Suárez Navaz se refieren a este grupo de personas en Descolonizando el Feminismo: Teorías y Prácticas desde los Márgenes (2008) como  individuos “deseosos de distanciarse de los tradicionalistas conservadores e islamistas que cada vez son más abiertos y receptivos hacia relaciones de género igualitarias y las ideas feministas que las promueven.” Es posible inferir de este modo que existe realmente una fuerte iniciativa de transformación de la estructura tradicional de la sociedad musulmana que resulta cada vez más atractiva en aquellos países que tienen el Islam como religión mayoritaria y que rompe con un mito muy arraigado en occidente: la idea de que dicho dogma condena a sus adeptos a coexistir al interior de un entorno atestado de ideas reaccionarias que impiden la consolidación de un mundo basado en la igualdad y el respeto a la vida. La ruptura de dicha realidad hipotética se refleja en hechos concretos del mundo islámico actual.

   En las últimas décadas, muchas sociedades musulmanas han experimentado un aumento sin precedentes en la tasa de alfabetización de las mujeres. “En Irán, en 1976, tan sólo el 35,6 por ciento de mujeres sabían leer y escribir. En 1999, la tasa de alfabetización alcanzó el 80 por ciento (para las mujeres en el ámbito rural la tasa ha pasado del 17,4 al 62,4 por ciento)” afirman Hernández y Suárez (2008). Ellas también mencionan que la brecha tradicional entre hombres y mujeres en lo que concierne a la educación se está reduciendo, y en algunas sociedades, entre las que figura Irán, la tasa de matriculación de las mujeres en instituciones de educación superior iguala e incluso supera la de los hombres. Asimismo, el último Congreso Internacional de Feminismo Islámico tuvo lugar en Madrid en octubre del 2010. Según el sitio web feminismeislamic.org, dicha junta concluyó que “el feminismo islámico es una realidad emergente que deriva de la revelación coránica y que puede liberar a la mujer y cambiar su estatus actual.” Algo que se logró en aras de concretar dicho ideal fue la legalización del voto para las mujeres en Arabia Saudí en setiembre del año pasado. Ángeles Espinoza dice en su artículo del diario El País, Las mujeres de Arabia Saudí podrán votar (2011): “El rey Abdalá de Arabia Saudí ha anunciado hoy que las mujeres del reino van a poder formar parte del Consejo Consultivo (Shura) y votar y ser elegidas en las elecciones municipales.” Esto se logró gracias a la labor de las feministas y los activistas de derechos humanos saudíes, quienes llevaban años pidiendo mayores derechos para las mujeres. Otro triunfo del feminismo musulmán lo protagonizó la yemení Tawakkul Karman, una de las tres ganadoras del Premio Nobel de la Paz en el mismo año. El diario La Nación publicó un artículo titulado Tawakkul Karman, figura emblemática de la revolución yemení (2011), en el cual resalta su rol como una periodista que “milita desde hace años por la libertad de expresión y los derechos de las mujeres.” Ella fundó en 2005 el movimiento Mujeres Periodistas Sin Cadenas y participó de la movilización opositora contra el régimen de su país, una de las revoluciones de la primavera árabe. Todo parece señalar que las mujeres musulmanas estarían pasando por su mejor momento. Sin embargo, tienen aún muchos desafíos que afrontar. El aumento de las tasas de alfabetización no ha llevado a un nivel equitativo de empleo entre las mujeres en los sectores formales de la economía (14,3 por ciento en 1999). Además, los cambios en la estructura patriarcal del sistema legal y de las instituciones políticas, religiosas y económicas en las sociedades del Oriente Próximo en general, sobre todo en lo que respecta a la ley y estructura de la familia, los estereotipos de género y las costumbres sexuales, “andan muy por detrás de los cambios modernizadores en el ámbito de la socialización y la conciencia política de las nuevas mujeres intelectuales. Además de esta contradicción en las dinámicas del género, y en parte debido a ella, las mujeres se han enfrentado a una oleada de islamismo y conservatismo que muchas veces conlleva un programa de género reaccionario.” (Hernández, Suárez, 2008) 

   En definitiva, la mujer musulmana tiene aún la gran necesidad de seguir luchando para el reconocimiento pleno de sus derechos y libertades fundamentales. Esta lucha no la pueden librar solas. Feminismo no es machismo a la inversa: es la priorización de los principios de equidad y libertad entre géneros para la construcción de una mejor humanidad. Ese es su fin principal, independientemente de que este provenga de occidente u oriente. Las sociedades de dichos bloques tienen aún un largo camino por recorrer para que la equidad sea verdaderamente una realidad. La confrontación entre ambos no representa, en lo absoluto, un aporte provechoso al proceso emancipador contemporáneo de la mujer. Un trabajo cooperativo entre ambas corrientes, basado en el reconocimiento mutuo de su trascendencia, es lo que debe primar a fin de suprimir la brecha social de género en todo el globo. La justicia y la igualdad existirán de modo cabal siempre y cuando marchen juntas hacia el futuro.





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